El retrato de cuerpo entero

Alocución del egresado 1965 Hernán Toro, reconocimiento a Armando Romero Delgado 10 de mayo del 2018

Retrato de cuerpo entero

Por Hernán Toro

 

Este texto pretende ser un homenaje a Armando Romero pero quiere ser también una declaración de afecto y agradecimiento hacia mis compañeros de estudio del Colegio Santa Librada. Está también dedicado a la memoria de Pedro Chang. Y no podría estar hecho sino en referencia a mi relación con Armando pues, como él mismo lo diría, “las palabras están en situación”.

 

Tengo en mi mente la imagen de Armando sentado al fondo del salón de clases, apoyado en la quinta vértebra cervical, su cuerpo deslizado casi por debajo del último pupitre como ocultándose tras cometer un delito, mientras leía una novela de Jack Kerouac o un poema de Henri Michaux en plena clase de química. Esa imagen lo retrata de cuerpo entero. Los profesores fingían no darse cuenta pues percibían confusamente, respetuosamente cómplices, la autenticidad de su gesto y su autoridad intelectual disuasoria. Ya en ese momento era evidente su pasión por la literatura.

 

En esa pasión yo mismo ardí. Me acerqué a Armando por mi gusto entonces crudo por la literatura pero también porque compartía su sensibilidad marginal. Ahora lo sabemos plenamente: nada como el arte para refugio de los expulsados del paraíso terrenal; pero en ese momento era apenas una clarividencia intuitiva. Armando se fue convirtiendo poco a poco en una especie de faro que aclaraba mi camino confuso. Aunque, dicho sea de paso, no puedo desaprovechar esta oportunidad de oro para confesar que no obstante la fuerza de este poderosísimo influjo que Armando ejercía en mí, la persona que me hubiera gustado ser y que veía como un ejemplo a seguir era Carvajal, no tanto por sus virtudes futbolísticas como por las acrobáticas ejecuciones de mambo que desplegaba en los corredores del colegio en las horas de recreo y por los escabrosos relatos de sus fantásticas proezas sexuales adelantadas los fines de semana en las zonas más sórdidas de la ciudad. Era mi modelo social, sí, pero nunca le di ni en los tobillos. Hace poco lo vi, estaba de espaldas a mí en los pasillos de una clínica hablando con una enfermera, su pelo de color negro intenso azabache revelaba todo el exitoso trabajo capilar de los tintes industriales, manoteaba con ademanes de zurdo, en uno de sus dedos brillaba ostentoso un grueso anillo de graduado y una pesada esclava de plata bailaba floja en la muñeca de su mano derecha, y portaba unos zapatos de charol de bailarín de chachachá. Por un instante fugaz volví a envidiarlo.

 

Como muchos de nosotros, si no todos, Armando era de origen popular. Ya en los años de nuestros estudios (1959-1965), Santa Librada había dejado de ser el colegio donde muchos hijos de la burguesía local adelantaban su formación académica y habían cedido el lugar a desafiantes muchachos sin nada que perder pues venían de ser despojados de todo. Aluviones enteros de desplazados por la violencia política habitaban los barrios populares de Cali, de donde, a gotas contadas, llegaban a los colegios públicos y los marcaban a fuego vivo con sus reclamos rabiosos y sus prácticas y discursos de justo resentimiento. Desconozco de dónde provenía la familia Romero Delgado, pero sospecho, basado en el fuerte acento vallecaucano de don Alfonso, el padre, capaz además de devorar gozoso en una sola sentada un mate entero de manjarblanco de la señora Domínguez de Buga, que eran de los pocos oriundos de la ciudad de Cali y no huían hostilizados por lo tanto de los lejanos horizontes sangrientos del Tolima, del Quindío, de las poblaciones antioqueñas del norte del Valle. Pero vivían en san Nicolás, lo que no es poco; barrio de talabarteros, de impresores, de gente que mira de través, de zapateros y de bares de música de vinilo contrabandeada a través del bello puerto de mar, mi Buenaventura. En una ocasión, al volver de paso a Cali, ya adulto, Armando, de paseo por su antiguo barrio, encontró que la casa de su niñez era ahora un bar trepidante, lleno de putas y de rumberos nocturnos entregados al frenesí de las guarachas de la Sonora Matancera. Jubiloso, se tomó varias cervezas en la sala de su casa y bailó hasta el amanecer con sus fantasmas personales.

 

Ante el pedido de estas palabras que hoy leo, quise hacer un inventario de los libros de Armando que erraban perdidos en el desorden selvático de mi biblioteca. Puestos sobre mi escritorio, hice el listado, y noté con encono inextinguible lo que ya sabía: faltaban algunos, los que alguna vez, ingenuo, le presté al Chino Chang, quien cometió la indelicadeza de morir sin devolvérmelos. Juro ante todos que no lo dejaré descansar en paz si no me los reintegra. No sé cómo hará, allá él; yo permaneceré aquí con los pies firmes en esta tierra en erupción y todos los sentidos dirigidos atentos hacia la otra vida a la espera de que reaparezca arrepentido con los ejemplares de Armando bajo el brazo.

 

Armando me condujo de su mano por los caminos misteriosos de la literatura cuando yo era un jovencito de apenas 15 años experto en nada y desconocedor de todo, y cuyo referente cultural más notable era “El indio” Mera, el baterista de una charanga de marihuaneros del barrio Bretaña, intérprete de pachangas antillanas y sones cubanos. Armando me llevaba 4 años: esa diferencia en ese momento de la vida es una eternidad, pero hoy tenemos la misma edad. Contábamos con la simpatía secreta y el estímulo sin condiciones de los profesores de literatura Omar Velásquez y Villarreal (quien nos hizo leer de Jean-Paul Sartre el cuento “El pasamuros”). Junto a su hermano Óscar, entonces estudiante de medicina, leíamos después de clases en los salones vacíos de sexto b traducciones suyas, de Óscar, de Blaise Cendrars, de Henri Michaux, de Milozs, poemas de los subrealistas franceses que vaya usted a saber de dónde los sacaba, novelas de Jack Kerouac y poemas de Lawrence Ferlinghetti, Gregory Corso, Allen Ginsberg y todos los luminosos escritores de la Beat Generation. De su mano, insisto, fui llevado a los encuentros resonantes de los poetas nadaístas en el Café Colombia, en la cuarta con diez esquina, y a la mítica conferencia de Jorge Luis Borges en el sótano de la Librería Nacional, diagonal a donde hoy se encuentra la principal en la Plaza de Cayzedo. La gran llama tranversal que probablemente nos hermana a Armando y a mí puede que sea En el camino, de Kerouac, pues ha sido el viaje el norte común de nuestras vidas paralelas, como lo era para el extraordinario basquetbolista norteamericano, fundador de una estirpe de escritores visionarios de pies alados. Quizás ello explique la persistencia en el recuerdo del viaje hecho al final de nuestros estudios de bachillerato, cuando en grupo fuimos a Bogotá, donde Armando me presentó durante un almuerzo privado al poeta X 504 –yo, deslumbrado-- y donde en el Cerro de Monserrate, Rafael Leonidas Trujillo, Alfonso Domínguez, Pedro Chang, Armando Romero y yo, nos fotografiamos irreverentes colgados al cuello de las estatuas de Jesús en su camino al calvario, y el posterior desplazamiento en tren hasta Santa Marta en un viaje alucinante de más de 50 horas durante el cual, en el coche restaurante, conocimos a un hombre sin nariz que llevaba cuentas a lápiz en un cuaderno ajado y evocaba para nosotros los accidentes mortales que él había presenciado durante la construcción de esta titánica obra de ferrocarril; más tarde, en la ciudad de Cartagena de Indias, un sacerdote nos permitió entrar a las 12 de la noche a la majestuosa y vacía Iglesia de san Pedro Claver y al silencioso monasterio aledaño para mostrarnos a la luz de una vela tenue la tumba callada del apóstol cristiano. Pura magia.

 

No quiero hacer de este texto un anecdotario. Sólo quiero agregar que, planeando viajar a Bogotá a estudiar en la Universidad Nacional y con el propósito de hacer algunos ahorros pobretones de estudiantes de provincia, Armando y yo, gracias a un palancazo contundente de su padre, entramos a trabajar a la librería Camacho Roldán, en plena Plaza de Cayzedo, al lado de la Catedral de san Pedro, donde aprovechamos nuestra condición de vendedores de útiles escolares para proveer de libros con métodos indebidos al poeta nadaísta Alfredo Sánchez, lleno de hijos en edad escolar y sin un centavo donde caerse muerto.

 

Frustrado nuestro proyecto de estudiar en Bogotá, nos inscribimos en la Universidad del Valle, de donde Armando salió huyendo la misma mañana en que encontramos el cadáver caliente y en desorden del profesor Pataquiva, suicidado en su oficina profesoral en medio de sus textos de enseñanza de la lengua francesa, para iniciar un peregrinaje por Chile, quizás persiguiendo las sombras chinescas de Nicanor Parra, y después por Venezuela, donde se enraízo tanto que hasta el día de hoy, tras tantos años de haber emigrado hacia los Estados Unidos, conserva un irrevocable acento venezolano. Armando ha hecho toda su carrera profesional allí, en Pittsburgh y en Cincinatti, con viajes frecuentes a su amada Grecia, patria de Constanza, su mujer, patria de todos los que amamos la inteligencia, el mar, el aceite de oliva, Nikos Kazanzakis, el olor de la albahaca y los colores blanco y azul así en la tierra como en cielo. Todo eso está allí, como si fuera un castillo habitado por fantasmas, pero hoy prima en mí la imagen viva y reluciente de tres jóvenes reunidos en torno al fuego de la poesía escuchando la voz de uno de ellos, de Óscar, repitiendo quedo en la soledad del sexto b “Dime, Blaise, ¿estamos aún muy lejos de Montmarte?”, versos tomados de “Prosa del transiberiano” de Cendrars.

 

Es a este influjo que hoy rindo homenaje.

 

Pienso que Armando es un ejemplo perfecto de lo que significa asumir plenamente una vocación; no ha parado de escribir desde que garrapateaba clandestinamente en los trasfondos de los salones de Santa Librada sus poemas iniciáticos. Más de veinte títulos, repartidos entre novelas, cuentos, poemarios y ensayos, conforman su copiosa obra literaria, algunos de ellos traducidos al inglés, al griego, al búlgaro, al francés o al italiano; algunos de ellos también premiados. La Universidad de Atenas lo honró con el título de Doctor Honoris Causa. Ha creído siempre en el poder redentor de la literatura y no ha hecho de ella un arma tramposa para alcanzar fines espurios, campo superespecializado en el que abundan los gordos y melosos falsificadores de prestigios. No ha habido en él concesiones ni arreglos con el poder. No ha aspirado tampoco a detentarlo: su patria es el campo magnético y tormentoso de la palabra y no la superficie árida y lisa de los escritorios donde se barajan las decisiones con cartas marcadas de oscuros intereses personales.

 

Bien. Todo lo que he leído hace referencia a hechos pasados. Pero no se crea que soy un complaciente de la nostalgia. Si he procedido así, es para señalar que los efectos de ese pasado persisten en el presente, como esas silenciosas ondas estelares que impactan los oídos de los observatorios espaciales tras un viaje de miles de años luz por el infinito espacio sideral. Pues de alguna forma somos el eco actual de aquellos lejanos jóvenes que leíamos a Blaise Cendrars en otra galaxia, en las luminosas aulas de Santa Librada.

 

 

Hernán Toro

Cali, 10 de mayo de 2018